La excelencia científica argentina ha logrado este año una hazaña casi milagrosa: brillar en el mundo mientras en sus laboratorios locales enfrentan condiciones de trabajo «inimaginables». Para el ciudadano común, la noticia de que cinco compatriotas son líderes mundiales no es solo un motivo de orgullo, sino una advertencia de lo que estamos a punto de perder. Los avances de Gabriel Rabinovich en el IBYME, por ejemplo, han derivado en un anticuerpo capaz de combatir tumores de forma más eficiente. Si el recorte sobre el Conicet persiste, la posibilidad de que este medicamento llegue a los hospitales públicos argentinos se vuelve una quimera, obligando a los pacientes a depender de patentes extranjeras inaccesibles.
El impacto social se extiende a la seguridad climática con Sandra Díaz, cuyos estudios sobre la trama de la vida son esenciales para mitigar desastres naturales que afectan a los sectores más vulnerables. En el campo de la tecnología, Milagros Miceli ha sido destacada por la revista TIME al denunciar la precariedad de los «trabajadores de datos» en la IA, una mirada sociológica fundamental para proteger los derechos laborales en la nueva era digital. Miceli, egresada de la UBA, hoy dirige investigaciones en Alemania, representando la fuga de cerebros que el ajuste actual acelera.
La física de altas energías de María Teresa Dova y la computación cuántica de Juan Pablo Paz (reconocido por la UNESCO) completan un cuadro de excelencia que el Estado argentino parece decidido a desmantelar. Paz, quien contribuyó al primer código de corrección de errores cuánticos, demuestra que la tecnología de punta es el único camino para la independencia económica. Sin embargo, con presupuestos que no cubren ni el mantenimiento de equipos básicos, el riesgo es que estos «líderes mundiales» se conviertan en los últimos sobrevivientes de un sistema educativo y científico que hoy está bajo ataque directo del Ejecutivo.
