El vacío de poder en la mesa argentina: la irrupción de la carne de burro como símbolo del fracaso oficial

Mientras el gobierno de Javier Milei insiste en una narrativa que desoye los efectos del desplome del consumo en la dieta nacional, la faena equina se perfila como una alternativa desesperada ante la imposibilidad de acceder a la carne vacuna. El debate, que el oficialismo intenta reducir a una discusión sobre marcos legales y permisos provinciales, es en realidad la manifestación de un modelo que ha vuelto inaccesibles los productos de la canasta básica para gran parte de la población, obligando a los productores a buscar mercados en un terreno de zonas grises normativas.
Desde el ámbito político, las justificaciones sobre la legalidad de la práctica, basada en interpretaciones de la Ley 24.525, resultan insuficientes para explicar por qué el país ha llegado a este punto de degradación alimentaria. Expertos en la materia señalan que, a diferencia de otros mercados donde la carne equina es un producto de exportación, su introducción en el circuito minorista local responde únicamente a la carestía. Esta situación pone en evidencia la ausencia de una política pública efectiva para frenar la escalada inflacionaria, la cual ha visto incrementos de hasta un 20% en cortes básicos como la picada común en un solo mes. Lejos de ser una elección cultural, la venta de esta carne es el reflejo de un ajuste que ha forzado a los argentinos a abandonar sus hábitos de consumo histórico, mientras el Gobierno intenta desentenderse del impacto social eliminando componentes de la canasta para maquillar los índices oficiales.
