La crisis del transporte, agravada por la eliminación de fondos nacionales, no solo implica esperas más largas y colectivos colapsados por la reducción de la flota, sino también un drama social silencioso: la pérdida de miles de empleos de conductores. En ciudades como Córdoba y Resistencia, el pasaje ya supera los $1.500, convirtiéndose en una barrera prohibitiva para el trabajador promedio.
La movilidad en Argentina se ha vuelto un artículo de lujo inaccesible para gran parte de la población. El nuevo esquema tarifario que rige desde el 1 de mayo impone subas que llevan el mínimo en la Ciudad a $753,74 y el subte a un escandaloso valor de $1.490. Sin embargo, este aumento no se traduce en mejores frecuencias. Al contrario, el sistema funciona con 2.300 colectivos menos que hace siete años. La falta de inversión y el encarecimiento de los insumos —potenciado por la suba de impuestos a los combustibles— han generado un círculo vicioso de menos servicios y boletos más caros que castiga especialmente a quienes viajan desde el conurbano.
El impacto es federal y profundamente desigual. Tras la quita del Fondo de Compensación por parte de la Casa Rosada, el interior del país sufre tarifas un 45% más altas que las del área metropolitana, con boletos que promedian los $1.526. El costo del transporte sobre los ingresos familiares ha alcanzado niveles críticos, superando incluso los registros de prepandemia. Mientras el sistema se achica y los choferes pierden sus fuentes de trabajo, el ciudadano de a pie queda atrapado en un esquema donde el derecho a la movilidad está supeditado a un ajuste fiscal que no parece tener piso.
